
Villaverde-Peñahorada se localiza al norte de la ciudad de Burgos, a apenas unos kilómetros de la capital, en la llanura que precede a las formaciones calizas de Peñahorada. El pueblo se asienta en un espacio abierto y tranquilo, rodeado de campos de cultivo y dominado visualmente por los relieves rocosos que anuncian el cambio de paisaje. El caserío forma un núcleo compacto y bien definido, con la iglesia parroquial elevándose en el centro como referencia visual y emocional del lugar.
La historia de Villaverde-Peñahorada está documentada desde el siglo XII y ligada estrechamente al poder monástico y señorial. Ya en 1137 aparece mencionada en documentos vinculados al monasterio de San Salvador de Oña, que llegó a ejercer dominio jurisdiccional sobre el lugar gracias a una serie de donaciones realizadas por nobles de la época. Durante la Edad Media, el pueblo formó parte del alfoz de Ubierna y fue un enclave significativo dentro del territorio controlado por el abad de Oña, lo que marcó su desarrollo, su organización y su paisaje humano durante siglos.
El nombre actual de Villaverde-Peñahorada refleja una realidad histórica hoy casi olvidada: la unión de dos núcleos distintos. Por un lado, Villaverde, que corresponde al pueblo actual, y por otro Peñahorada de Fuera, situada en el lugar conocido como el Barrio de la Mota. Este segundo enclave llegó a tener incluso más población que Villaverde, aunque con el tiempo quedó abandonado. De aquel pasado solo permanece la iglesia gótica de San Martín, hoy aislada y silenciosa, como uno de los testimonios más elocuentes del despoblamiento histórico de la zona.
Visitar Villaverde-Peñahorada es adentrarse en un territorio donde el paisaje, la historia y el silencio caminan juntos. Es un lugar ideal para pasear con calma, comprender la evolución de los pueblos medievales burgaleses y descubrir cómo el territorio fue modelado por monasterios, aldeas desaparecidas y caminos antiguos. El entorno invita al senderismo suave, a la observación del paisaje calizo y a la fotografía, pero sobre todo a detenerse y escuchar lo que aún cuentan las piedras.



