
La Merindad de Montija se extiende por el extremo norte de la provincia de Burgos, haciendo de territorio de transición entre las tierras burgalesas y los valles cántabros. Es un espacio amplio y abierto, de suaves ondulaciones, vegas fértiles y montes bajos, atravesado por ríos y arroyos que buscan el Ebro y el Asón. El municipio agrupa varias localidades, entre ellas Villasante, Baranda, Gayangos, Loma de Montija, Bárcenas de los Montes, Quintanilla de Pienza, Revilla de Pienza, Cuestahedo, Quintanilla del Rebollar, Barrio de Arriba y Barrio de Abajo, formando un mosaico de pueblos dispersos pero muy ligados entre sí. Es una tierra extensa y tranquila, con pequeños núcleos rurales donde el paisaje tiene tanto protagonismo como las casas.
La historia de la Merindad de Montija está estrechamente ligada a los orígenes de Castilla. Desde la Alta Edad Media fue un territorio organizado bajo la figura de la merindad, con un papel relevante en la administración y defensa del norte castellano. Estas tierras estuvieron vinculadas a linajes nobiliarios, monasterios y pequeñas jurisdicciones locales, y conservaron durante siglos una fuerte identidad propia. Aquí se mantuvieron formas de vida tradicionales, concejos abiertos y costumbres comunales que aún hoy perviven en la memoria colectiva y en la organización de algunos pueblos.
Montija es un lugar que sorprende por su autenticidad y por la riqueza patrimonial repartida por todo el municipio. Iglesias románicas y góticas, torres medievales, ermitas aisladas, casonas solariegas y arquitectura popular de piedra y madera salpican el paisaje. A todo ello se suma un entorno natural sereno, con praderas, encinares y caminos antiguos que invitan a detenerse y mirar alrededor. Es un territorio sin estridencias, donde el encanto está en lo cotidiano y en la armonía entre el hombre y la tierra.
Quien visita la Merindad de Montija puede disfrutar de rutas de senderismo suaves, paseos entre pueblos, visitas culturales a su patrimonio religioso y civil, y del descanso que ofrece un entorno rural poco masificado. Es un lugar ideal para el turismo tranquilo, la fotografía de paisaje, el contacto con la naturaleza y la gastronomía tradicional. Montija no se impone: se descubre poco a poco, caminando despacio y dejándose llevar por la calma de sus caminos y la hospitalidad de sus pueblos.

