A la entrada de Campino, en uno de sus rincones más tranquilos y auténticos, se encuentra el antiguo lavadero, un espacio que conserva intacta la esencia de la vida rural. Resguardado bajo una estructura de madera y abierto hacia la calle principal, este lavadero invita al visitante a detenerse y asomarse a un tiempo en el que el agua, la piedra y la convivencia marcaban el ritmo de las jornadas. Su integración en el pequeño núcleo del pueblo, rodeado de casas de piedra cubiertas de musgo y vegetación, crea un ambiente sereno y evocador que encaja a la perfección con el carácter del Alfoz de Bricia.
El lavadero de Campino nació como una necesidad comunitaria, probablemente entre los siglos XIX y principios del XX, cuando muchas aldeas de la zona construyeron estos espacios para facilitar el lavado de la ropa y asegurar una fuente de agua limpia. Fue durante décadas un lugar de encuentro diario para las vecinas del pueblo, donde se compartían noticias, conversaciones y la vida misma. Aunque su estructura ha podido recibir pequeñas reparaciones con el paso del tiempo, mantiene la forma y el espíritu original que lo convirtieron en un elemento indispensable para la comunidad. Con la llegada del agua corriente y la modernización de las viviendas, su uso práctico se fue perdiendo, pero su presencia quedó ligada para siempre a la historia doméstica de Campino.
El lavadero está construido en sólida piedra, tallada con sencillez pero con un cuidado evidente, como se aprecia en las hendiduras y líneas decorativas que recorren el borde del pilón. El gran estanque rectangular, de superficies pulidas por los años, refleja el tejado de madera que lo cubre y la luz cambiante del cielo, creando un efecto visual que sorprende al visitante. La cubierta, sostenida por robustos postes de madera, protege el espacio de la lluvia y del sol, lo que hacía posible su uso en cualquier época del año. Todo el conjunto se integra de forma natural en su entorno: frente a él, la calle del pueblo; detrás, muros de piedra cubiertos de hiedra; y alrededor, el silencio rural que aún hoy envuelve a Campino. Es un lugar que habla por sí mismo, con una estética sencilla pero llena de autenticidad.
Aunque ya no cumple su función original, el lavadero se conserva como testimonio de la vida cotidiana de Campino y como uno de los elementos patrimoniales más representativos del pueblo. Su acceso es totalmente libre, y el espacio se mantiene en buen estado gracias al cuidado básico y al propio respeto de los vecinos. Es un punto ideal para detenerse durante un paseo, observar la arquitectura tradicional y comprender cómo los lavaderos formaban parte esencial del tejido social de las pequeñas aldeas burgalesas. En la memoria colectiva del lugar sigue siendo un símbolo de comunidad, esfuerzo compartido y vida sencilla.






